Auschwitz, el campo de la muerte



“Qué dulces son estos niños tan llenos de sangre.
A ellos les toca llorar por todos nosotros.
Los asesinos van cargados de buenas razones para existir,
van en procesión con cirios y risas.
¿En dónde está mi asesino?
¿Cuál será el benigno que se apiade de mí?
Los asesinos son la única verdad que nos queda.
Vean, cobardes de entendimiento,
cómo los niños juegan con sangre.
¿En dónde está mi asesino?
Tal vez cuando él llegue yo sólo pregunte:
‘¿por qué tardaste tanto?’”

Marco Fonz. “El ojo lleno de dientes”


Hay un momento en el cual, bajo ciertas circunstancias, surge lo que podemos llamar “Sociedad Serial” y aún más: el “Estado Serial”. Un tiempo y espacio en el cual, la permisividad estatal y aún los conceptos, patrones, reglas, valores y leyes están encaminados a la destrucción.

El ejemplo más acabado es, por supuesto, la Alemania Nazi. Nunca antes en la historia de la humanidad, estado y sociedad se unieron para destruir. En su peor momento, Alemania parecía una nación habitada por serial killers y asesinos en masa. Como nunca antes, todas las esferas se unieron para practicar juntos el exterminio. La iniciativa privada, el ejército, el gobierno, el sistema educativo, los médicos, los medios de comunicación, los artistas, se dedicaron a planificar y ejecutar el genocidio. Este fenómeno podría indicarnos que toda sociedad humana es proclive, si se le permite y estimula, a destruir masivamente a otros grupos humanos, aún a integrantes de su propio grupo, con crueldad y de manera sistemática.



La bandera de la Alemania Nazi, diseñada por Adolf Hitler: una esvástica negra dentro de un círculo blanco, sobre un campo rojo

El inicio de la mayor carnicería en la historia comienza en Evian y culmina en Auschwitz-Birkenau. Cuando se promulga que los judíos ya no tendrán derechos, los nazis intentan deportarlos, pero los países europeos no los quieren; sólo algunos acceden a recibir a unos cuántos judíos, pero ni siquiera Estados Unidos está de acuerdo en la inmigración. Esto lleva a la búsqueda de otro sistema para deshacerse, primero de los judíos alemanes y austriacos, y después de todos los judíos europeos.

Propaganda contra los judíos como raza inferior


La implementación de la eutanasia en Alemania fue el primer experimento. Se metía a los deficientes mentales de los hospitales psiquiátricos en habitaciones, las cuáles se llenaban con dióxido de carbono proveniente de camiones. De esta forma, los enfermos mentales eran eliminados. Cuando los familiares y la iglesia católica se enteraron, armaron un gran escándalo: después de todo, eran parte de su feligresía. Los nazis suspendieron la eutanasia, pero implementaron la eugenesia (la autodirección de la evolución humana). Las reglas sobre quién era ario y quién no, afectaron a miles de personas. Al mismo tiempo, las leyes seguían quitándoles derechos a los judíos. Muchos emigraron de forma individual cuando pudieron. Otros no.

Letreros propagandísticos sobre los programas de eutanasia y eugenesia (click en las imágenes para ampliar)




Tras la invasión de Polonia por los ejércitos del Tercer Reich y el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, los nazis decidieron construir campos de trabajo y campos de concentración en el territorio polaco. Uno de ellos fue Auschwitz, dividido en tres secciones, la más grande de las cuáles era Birkenau, llamada así por los abedules que allí crecían.

La entrada a Auschwitz y el letrero forjado en hierro: "El trabajo os hará libres"

El Campo de Concentración (KZ en la lengua vernácula) de estilo alemán apareció por primera vez en Dachau en 1933, a unos cincuenta kilómetros de Munich. La idea de agrupar a los pueblos extranjeros no se originó en los nazis. Los guetos eran una antigua tradición de Europa. En Estados Unidos, los indios aborígenes eran llevados a las reserva. En la Unión Soviética se llevaban a los disidentes y a los criminales a los Gulags. Dachau se originó por obra de las SA, a fin de poner allí a las víctimas de secuestros y como sitio conveniente para aterrorizar y matar a los adversarios.



Gustav van Kahr, jefe del gobierno bávaro que sofocó el putsch de Hitler en 1923, fue matado con picos y hachas, y después se arrojó su cadáver a un pantano cerca de Dachau. El KZ parecía tan buena idea que, cuando los nazis tomaron el poder, surgieron rápidamente cincuenta de ellos en toda Alemania. En su origen, los campamentos se planearon como una solución momentánea. El mismo Hitler anunció una amnistía de Nochebuena para veintisiete mil internos en 1933, pero Hermann Goring y Heinrich Himmler desoyeron la orden y liberaron sólo a unas pocas personas.

Heinrich Himmler

Tras el asesinato de Ernst Rohm y la decadencia de las SA, Himmler y las SS recibieron el control de los campamentos. Se anularon las operaciones más pequeñas y menos eficaces. Los nazis construyeron Buchenwald, cerca de Weimar; Sachsenhausen, cerca de Berlín, y Ravensbrück, en la vecindad de Mecklenburg, reservado para las mujeres. Dachau se amplió; una vez que la Anschluss hubo absorbido Austria, las SS erigieron YIauthausen, cerca de Linz. Al principio, los campamentos albergaban a supuestos izquierdistas políticos, sobre todo a los comunistas, a los clérigos que expresaban su oposición, a los editores cuyos periódicos eran considerados antinazis y a un grupo catalogado de indeseables. Éste incluía a los homosexuales y a algunos criminales comunes. En un principio, los judíos, como grupo, no fueron arrojados indiscriminadamente a los campos de concentración.

Un matón de las SS, llamado Theodor Eicke, fue nombrado primer inspector de los KZ. Él infundió un retorcido espíritu de equipo. Los reclutados para el personal padecían una serie de humillaciones y acosos físicos. Eicke los obligaba a presenciar los azotes y las torturas de los prisioneros. Cualquier señal de compasión o repulsión era considerada un abandono de las tareas.


Eicke creó una insignia nueva, la Tötenkopfterbande: una calavera con huesos cruzados. Los guardias de los KZ se autodenominaban, orgullosos, miembros de las unidades de la Cabeza de la Muerte. Eicke y su grupo formaron a los hombres para que aceptaran el tratamiento implacable de los prisioneros como prueba de su alta devoción a la causa. Sin embargo, también les enseñaban que, aunque se portaran con brutalidad, sus actos debían ser superficialmente legales. La disciplina y el profesionalismo tenían que ser el sello de los carceleros de los KZ.

El camino a los Campos de Exterminio


En perversa teoría, los campos de concentración servían para rehabilitar a los internos, para mostrarles los errores de sus ideas y convencerlos de que apoyaran al régimen. La “rehabilitación” empleaba una formación conductista primitiva, con castigos positivos extremados. Eicke decretó que se debía ahorcar a quien “politizara, pronunciara discursos instigadores u organizara mítines, formara camarillas, merodeara con otros; a quienes, con el propósito de hacer propaganda opositora contando atrocidades, reunieran información verdadera o falsa sobre los campos de concentración, recibieran información semejante, la sepultaran, hablaran de ella con otros, la sacaran subrepticiamente del campamento para ponerla en manos de visitantes extranjeros”.

La ejecución sumaria de un prisionero

También anunció que se ejecutaría al momento a todo aquel que atacara a un representante de las SS, a quien desobedeciera una orden o se negara a trabajar; también por “vociferar, gritar, incitar o arengar durante las marchas o el trabajo”. Un comentario crítico en una carta personal podía costar dos semanas de confinamiento solitario y veinticinco azotes.

Las ejecuciones por ahorcamiento




Cuando se inició la Segunda Guerra Mundial, los campos de concentración eran una serie de operaciones en marcha. Los hombres que lucían la insignia de la Cabeza de la Muerte no eran, por cierto, la elite de las SS. Muchos surgían de entre los rechazados por ese cuerpo. La conquista de Polonia ofreció a la jerarquía nazi algo más que territorio y ganancias económicas. Era una oportunidad de convertir Europa Occidental y, especialmente, Alemania, en territorios Judenrein, libres de habitantes judíos. Los pueblos sometidos de Polonia y la Unión Soviética (los alemanes reconocían que la guerra con Stalin era inevitable) podrían proporcionar mano de obra esclava. Los territorios polacos albergarían fábricas donde se explotaría a la población local y donde se absorbería a los judíos embarcados hacia el este.


Pero aun antes de que se pudieran implementar esos ambiciosos planes surgieron los Einsatzgruppen. Iban pisando los talones a los ejércitos nazis que asolaban Polonia. Heinrich Himmler, con su segundo, Reinhard Heydrich, virulento antisemita (alto, rubio y aristocrático, a diferencia de su superior), formaron los Einsatzgruppen con miembros de las SS, dándoles la misión de eliminar a los miembros de la resistencia y a las fuentes potenciales de oposición, así como agrupar a los judíos y llevarlos a los guetos. Los Einsatzgruppen actuaban como brigadas de choque móviles, masacrando a miles de judíos y polacos; en algunos casos, aniquilaron ciudades enteras. Con frecuencia dejaban el trabajo en manos de los fascistas locales, criminales antisemitas polacos y ucranianos.


Hermann Graebe, un ingeniero civil alemán, asignado a un depósito de cereales de Ucrania, observó una de esas unidades en acción:

“Las milicias armadas ucranianas hacían que la gente descendiera, bajo la supervisión de los soldados de las SS (…) La gente de los camiones llevaba los trozos de paño amarillo reglamentarios, que los identificaban como judíos. Se les tatuaba un número en la muñeca o el brazo; de esa forma, se les despojaba de su nombre y se convertían en una cifra, carente de cualquier rasgo humano, como ganado.

Prisionero tatuado con un número

“Fui directamente hacia las zanjas sin que nadie me detuviera. Cuando nos acercábamos al montículo oí, a poca distancia, una serie de disparos de fusil. Las personas de los camiones, hombres, mujeres y niños, fueron obligadas a desnudarse bajo la vigilancia de un soldado de las SS, que tenía un látigo en la mano. Les hicieron poner sus efectos en ciertos lugares, separando los zapatos, las vestimentas y la ropa interior. Vi una montaña de zapatos que podía estar formada por ochocientos o mil pares, y dos grandes montones de ropa.

Zapatos de las víctimas


“Sin sollozar ni gritar, esa gente se desvistió y permaneció reunida en grupos familiares; se abrazaban, despidiéndose, mientras esperaban una señal del soldado de las SS que estaba de pie en el borde de la zanja, con el látigo en la mano. Durante los quince minutos que pasé allí, no escuché una sola queja ni una súplica de misericordia. Observé a una familia de unas ocho personas, compuesta por un hombre y una mujer de unos cincuenta años, rodeados por sus hijos, de uno, ocho y diez años, aproximadamente, y dos muchachas de unos veinte y veinticuatro.



“Una anciana de pelo completamente blanco tenía al bebé en sus brazos y lo mecía, cantándole. El bebé gritaba de placer. Los padres observaban el grupo con lágrimas en los ojos. El padre tenía al niño de diez años de la mano y le hablaba con suavidad, mientras la criatura luchaba por contener las lágrimas. Luego, el padre señaló el cielo con un dedo y pareció explicar algo mientras acariciaba la cabeza del niño. En ese momento, el SS que estaba cerca de la zanja dijo algo a su camarada. Este último contó a unas veinte personas y les ordenó que se colocaran detrás del montículo.

Cientos de cadáveres regados por el suelo del Campo (click en la imagen para ampliar)

"La familia de la que acabo de hablar estaba en el grupo. Todavía recuerdo que la muchacha, esbelta y morena, se apuntó con el dedo al pasar cerca de mí, diciendo: ‘Veintitrés’. Di la vuelta al montículo y me encontré frente a una espantosa fosa común. Los cadáveres, bien apretados, estaban tan juntos que sólo asomaban las cabezas. La mayoría había sido herida en la cabeza y la sangre les caía por los hombros. Algunos todavía se movían. Otros levantaban la mano y giraban la cabeza para demostrar que aún vivían. La zanja estaba llena en sus dos terceras partes. Calculé que contenía unos mil cadáveres.


“Volví los ojos hacia el hombre que había llevado a cabo la ejecución. Era un hombre de las SS. Estaba sentado, con las piernas balanceándose desde el borde estrecho de la zanja, con el fusil automático apoyado en las rodillas y fumaba un cigarrillo. La gente, completamente desnuda, bajó unos pocos peldaños abiertos en la pared de arcilla y se detuvo en el punto indicado por el hombre de las SS. Frente a los muertos y a los heridos, él les habló en voz baja. Entonces oí una serie de disparos de fusil. Miré hacia el interior de la zanja y vi que los cuerpos se contorsionaban, con las cabezas ya inertes, hundiéndose entre los cadáveres de más abajo. La sangre les fluía desde la nuca. Me asombró mucho que no me ordenaran alejarme (…) Se aproximaba un nuevo grupo de víctimas, que bajaron hacia la zanja, se alinearon frente a las anteriores y fueron fusiladas.


“A la mañana siguiente, al volver, vi que había treinta cuerpos desnudos tendidos, a una distancia de treinta a cincuenta metros de la zanja. Algunos todavía estaban con vida; miraban fijamente el vacío, como si no sintieran el frío de la mañana ni vieran a los trabajadores que los rodeaban. Una muchacha de unos veinte años me pidió que le llevara sus ropas y la ayudara a escapar. En ese momento oímos el ruido de un automóvil que se aproximaba a toda velocidad; vi que era un destacamento de las SS. Volví a mi trabajo. Diez minutos después sonaron disparos de fusil en la zanja. Los judíos que aún estaban vivos habían recibido órdenes de arrojar los cadáveres a la zanja. Después tuvieron que tenderse, a su vez, para recibir una bala en la parte trasera del cuello”.


Otto Ohlendorf, que llevaba varios años en las ramas de economía e inteligencia de las SS, completó su carrera durante la Segunda Guerra Mundial desempeñándose como un experto en comercio exterior. Sin embargo, al menos durante un año, este profesional instruido encabezó el Einnsatzgruppen D. Durante su interrogatorio, realizado por los fiscales estadounidenses en Nuremberg, en 1945, Ohlendorf confesó con total naturalidad:

“Cuando el ejército alemán invadió Rusia, el grupo de acción D, en el sector sur, liquidó aproximadamente a noventa mil hombres, mujeres y niños. La unidad entraba en un pueblo o una ciudad y ordenaba a los ciudadanos judíos más importantes que convocaran a todos los judíos con fines de reubicación. Se les pedía que entregaran todos sus objetos de valor y, poco antes de la ejecución, la ropa.



“Hombres, mujeres y niños eran conducidos a un sitio de ejecución que, en casi todos los casos, estaba cerca de una zanja antitanque excavada con más profundidad. Entonces les disparaban, de rodillas o de pie, y arrojaban los cadáveres a la zanja. En la primavera de 1942, recibimos vehículos de gas del jefe de la policía de seguridad y del SD (servicio secreto de las SS), desde Berlín. Habíamos recibido órdenes de utilizar esos camiones para matar a las mujeres y a los niños. Cuando una unidad reunía a un grupo de víctimas en número suficiente, se enviaba un camión para su exterminio”.


Entre los líderes de la Wehrmacht, había algunos que consideraban aborrecibles esas masacres de civiles. Los comandantes que protestaron fueron destituidos. El almirante Canaris, jefe de la Oficina de Inteligencia del Alto Comando Alemán, discutió con el mariscal de campo Keitel, jefe del alto comando, acerca de las atrocidades. Keitel respondió, secamente: “El Führer ya ha tomado una decisión al respecto”. Agregó que, si el ejército quería evitar toda participación en semejantes acciones, tendría que aceptar la presencia de las unidades de las SS y la Gestapo para que éstas ejecutaran las órdenes.


El general Franz Halder, jefe del personal general del ejército, anotó en su diario: “El ejército insiste en que se postergue la ‘limpieza doméstica’ hasta que el ejército se haya retirado y el país sea entregado al gobierno civil”. Los militares parecen haberse preocupado más por su propia imagen que por los asesinatos en masa cometidos bajo la égida del gobierno al cual fielmente servían.


Muchos miembros de alto rango no sintieron remordimientos. A principios de la guerra contra Polonia, un regimiento de artillería de la Waffen SS, tras haber obligado a unos cincuenta judíos a reparar un puente, los acorraló en una sinagoga y mató a todo el grupo. Los comandantes locales, horrorizados, reunieron una corte marcial para que castigara esa conducta tan poco militar. Sin embargo, hasta la permisiva sentencia de un año de prisión fue anulada por el comandante en jefe del ejército, como parte de una amnistía general. El caso recibió mucha publicidad entre las tropas. El resultado señalaba que no cabía temer las consecuencias cuando se tratara con civiles.

Mujer gitana ejecutada de manera sumaria

El jefe del Sexto Ejército, cuatro meses después de la invasión de Rusia, arengó de este modo a sus tropas: “En las regiones del este, el soldado no es sólo un combatiente que sigue las reglas del arte de la guerra, sino también el portador de la intransigente idea populista y el vengador de todas las bestialidades infligidas al pueblo alemán o a sus especies semejantes. Por eso el soldado debe comprender plenamente la necesidad de una expiación, dura pero justa, aplicada a los infrahumanos judíos. Otra meta es cortar de cuajo las revueltas a espaldas de la Wehrmacht, las cuales, según lo demuestra la experiencia, siempre han sido fomentadas por judíos”.


Naturalmente, esa declaración legitimaba el fusilamiento de civiles y calmaba cualquier posible remordimiento de conciencia entre los soldados comunes. Los hombres de las SS ya estaban adoctrinados con respecto a lo justo que era asesinar a los judíos y a otros enemigos potenciales. Himmler enseñó explícitamente a sus administradores de las SS a considerar con benevolencia “las ofensas en las que el responsable se haya dejado llevar por un celo excesivo en la lucha por el ideal nacionalsocialista”.



En otra ocasión, Himmler habló de la carga que sobrellevaba el hombre de las SS:

“Entre nosotros deberíamos mencionarlo con franqueza, pero jamás decido públicamente, así como no vacilamos el 30 de junio de 1934 en ejecutar la tarea que nos indicaban y en poner contra el paredón a los camaradas que habían fallado para fusilados; del mismo modo, nunca hemos hablado de eso ni hablaremos jamás. Me refiero a la eliminación de los judíos, al exterminio de la raza judaica. Es una de esas cosas de las que resulta fácil hablar: ‘La raza judía está en proceso de exterminio, es nuestro programa y lo estamos haciendo’. Casi todos ustedes han de saber qué significa eso cuando se ven cien cadáveres tendidos uno junto a otro, o quinientos, o mil. Haber hecho eso y, al mismo tiempo (aparte de las excepciones causadas por la debilidad humana), haber seguido siendo personas decentes, es lo que nos ha fortalecido tanto. Ésta es una página de gloria en nuestra historia que no ha sido escrita nunca, ni lo será jamás”.


A pesar de todos los métodos de formación, algunos miembros de los Einsatzgruppen sucumbían a lo que Himmler llamaba “la debilidad humana”. Un neuropsiquiatra de la Wehrmacht dijo a Robert Iay Lifton, conocido psiquiatra estadounidense, que el veinte por ciento de los miembros de los Einsatzgruppen sufrían “significativas dificultades psicológicas, debido a su participación”.

Pero, gallardos esfuerzos aparte, los Einsatzgruppen tenían sus limitaciones. La política hacia los judíos iba cambiando. Las brigadas de fusilamiento y los camiones de gas sólo podían matar a unos millares. Según calculaban los nazis, había once millones de judíos en Europa, y su reubicación en el este ya no era la solución para lograr una Europa limpia.



Al presentarse frente al Reichstag, en enero de 1939, Hitler dijo a su parlamento títere: “Si el judaísmo financiero internacional en Europa y fuera de Europa triunfara en su propósito de empujar a los pueblos a una Guerra Mundial, su resultado no sería la bolchevización de la tierra y, por lo tanto, la victoria del judaísmo, sino la destrucción de la raza judía en Europa”. Al predecir el destino de los judíos en el caso de una guerra mundial, Hitler utilizó la palabra Vernichtung, que se puede traducir como “destrucción” o “aniquilación”.

Reinhard Heydrich, artífice de la "Solución Final"

En el verano de 1941, el mariscal Hermann Goring presentó una orden a Reinhard Heydrich: “Haga todos los preparativos necesarios, en cuestiones de organización, de financiación y de materiales, para una solución total (Gesamtlosung) de la cuestión judía. Presénteme cuanto antes un plan general con las medidas que hay que organizar y las acciones necesarias para llevar a cabo la deseada solución final (Endlosung) de la cuestión judía”. En la última frase, Goring empleaba la expresión que se tornaría definitiva: “Solución Final”.

La orden de Hermann Goring: iniciar la "Solución Final"

El 20 de enero de 1942, se celebró en Wansee una conferencia secreta. Convocada por Reinhard Heydrich, estuvieron presentes representantes de los principales ministros del Reich: del Interior, de Justicia, de los territorios del este, de Asuntos Exteriores, de la Oficina del Plan Cuatrienal y del Gobierno General. Estaban además Heinrich Müller, jefe de la Gestapo; los comandantes de la Policía de Seguridad del Gobierno General y de Letonia, Slarl Shoengarth y Otto Lange. Y un joven oficial llamado Adolf Eichmann, especialista en deportación, al que correspondió la tarea de redactar el acta de la reunión.

La mansión donde se incubó la "Solución Final", en Wansee

Esa reunión, celebrada entre los mejores vinos y platillos especialmente preparados, derivaría en una decisión que cambiaría el curso de la historia: el planteamiento de que era necesario encontrar la llamada “Solución Final al Problema Judío”. Sin que nunca se mencionase explícitamente el exterminio, la cúpula nazi se puso de acuerdo para que los campos de concentración se convirtiesen en inmensas fábricas de muerte. Durante su juicio en Jerusalén, en 1961, Adolf Eichmann aseguraría haber recibido una carta firmada por Himmler en la que el jefe de las SS decía que el Führer había ordenado la solución final, exceptuando momentáneamente a “todos los hombres y mujeres judíos que pudieran trabajar”. Nunca se presentó prueba alguna de la existencia de esa carta.

Los preparativos para la Solución Final se pusieron en marcha con el establecimiento de varios campamentos grandes en el territorio polaco. En febrero de 1940, el Oberführer de las SS Richard Glücks, jefe de inspectores de los campos de concentración, descubrió lo que él consideraba “un emplazamiento adecuado para un nuevo campamento de cuarentena” a unos sesenta kilómetros de Cracovia, rumbo al oeste. Oawicim, la ciudad más cercana, tenía unos doce mil habitantes polacos, pero Auschwitz, como la llamaron los alemanes, estaba en una zona escasamente habitada y bastante pantanosa. No sólo la separaba de los posibles testigos una discreta distancia, sino que estaba junto a la línea ferroviaria que une Viena con Varsovia, lo que la hacía muy conveniente para embarcar a los internos. Cuando los trenes que no llevaban carga humana a Auschwitz pasaban velozmente por el centro del campamento, desde sus ventanillas sólo se veía una vasta planicie de cabañas.

La orden de Reinhard Heydrich

En mayo de 1940, Rudolf Hoess, ex guardia de Dachau, instruido por Theodor Eicke y más adelante ascendido a jefe de carceleros en Sachsenhausen, recibió el mando del nuevo campamento de Auschwitz. Hoess, también bávaro, hijo de un padre muy estricto que había querido dedicar a su hijo al sacerdocio católico, se había incorporado al ejército alemán a los dieciséis años, durante la Primera Guerra Mundial. Después de combatir en el frente oriental había vuelto a la vida civil. Puesto que ya no le interesaba el sacerdocio, Hoess ingresó en el incipiente partido nazi, donde hizo su aprendizaje como intimidador político. Por su papel en un asesinato político, realizado en 1923, recibió una sentencia de cadena perpetua. Al igual que Hitler, sólo pasó cinco años en la celda. De regreso en las calles, fue reclutado por Himmler para convertirse en uno de los primeros que lucirían la insignia de la Cabeza de la Muerte.

Cuando Hoess llegó a Auschwitz, sólo existía allí un esbozo de campamento. La Administración de Tabaco Polaco había ocupado el sitio, dejando un legado de cabañas destartaladas, establos y abundantes bichos. Siguiendo sus instrucciones iniciales de prepararse para recibir a diez mil prisioneros, Hoess se valió de trescientos judíos suministrados por el complaciente alcalde de Owifcim y otros trescientos prisioneros de Sachsenhausen, para construir alojamientos para la esperada población de internos.

Mapa de Auschwitz-Birkenau

Los planos de Auschwitz se expandían constantemente. Para adaptar sus cada vez mayores dimensiones y disimular las actividades, los nazis deportaron a dos mil residentes de la zona circundante y demolieron ciento veintitrés casas. En marzo de 1941, Auschwitz aumentó aún más su capacidad, ya que se avecinaba la guerra con la Unión Soviética. Además de Auschwitz I, se construyeron Auschwitz II y Auschwitz III. Auschwitz II, a más de tres kilómetros del campamento original, recibió el nombre de Birkenau, debido a un grupo de abedules que crecían cerca de allí. La tercera construcción de importancia estaba en Monowitz, también llamada Buna por una planta que proporcionaba un sustituto de la goma. La zona albergaba varias fábricas, propiedad de la empresa farmacéutica I.G. Farben.

Krupp y Siemens, la principal empresa electrónica de Alemania, también estaban allí, igual que Deutsche Augrustunnverke, Obras Defensivas Alemanas, un negocio de las SS destinado a obtener beneficios para sí. Y una sucursal de IBM, empresa que hacía excelentes negocios con los nazis. Otras empresas que colaboraron abiertamente con los nazis fueron Volkswagen, BMW y Mercedes Benz.

El complejo industrial de Monowitz indica las abrumadoras dimensiones de la organización de Himmler. Las SS habían adquirido dos importantes ventajas económicas. Primero: tenían derechos exclusivos para vender mano de obra esclava a la industria privada. Las empresas pagaban a las SS seis marcos diarios por cada trabajador (por entonces, el equivalente a un dólar y medio). El costo de subsistencia que las SS afrontaba por sus internos era apenas de treinta centavos.

Teóricamente, las SS prescribían una dieta de mil quinientas calorías diarias para cada residente de los KZ. En la práctica, la corrupción, la indiferencia y una política deliberada de matar lentamente por inanición a la gente, reducía la dieta real a una cantidad de 350 a 500 calorías diarias. El menú consistía en un sucio plato de sopa de zanahorias, repollos o nabos para el almuerzo y, como cena, treinta gramos de pan mohoso, hecho con sustituto de harina y aserrín. El intenso trabajo físico requerido consumía 3,000 calorías diarias. En esas condiciones, los trabajadores esclavos pronto quemaban la grasa del cuerpo; luego, el tejido muscular; y finalmente, se quedaban demasiado débiles como para trabajar. En promedio, un trabajador esclavo duraba tres meses.

La alimentación de los prisioneros

La segunda fuente de ingresos de las SS se basaba en su derecho a confiscar todos los bienes personales de quienes eran enviados a los campos de concentración. Los deportados a Auschwitz solían perder la mayor parte de sus pertenencias a manos de las SS, que los recogían en los guetos y los amontonaban en camiones y trenes especiales, mientras los prisioneros eran hacinados en trenes creados para transportar ganado. Los incidentes de resistencia abierta a la llegada eran muy pocos. Los judíos que desembarcaban de los trenes, aunque ya habían visto casos de barbarismo y hasta de asesinatos a manos de los nazis y sus simpatizantes en sus tierras natales, no podían creer que una nación civilizada como Alemania, tierra de científicos, músicos y poetas, despachara trenes enteros de seres humanos a miles de kilómetros, sólo para asesinados. Los rumores de los campamentos de exterminación circulaban por toda Europa., pero Hoess había dispuesto que los internos de Auschwitz firmaran postales embellecidas con un mensaje impreso: “Aquí nos va muy bien. Tenemos trabajo y recibimos buen trato. Esperamos tu llegada”.

La llegada de los trenes




A los médicos del campamento les correspondía la responsabilidad de determinar la capacidad de los recién llegados, y por lo tanto se requería su presencia en la rampa. Pero en la práctica el sistema era ridículo. Quien no pudiera ponerse de pie y bajar del tren era considerado “oficialmente muerto” por el médico de las SS. Con frecuencia, eso abarcaba a los bebés cuyas madres habían sucumbido o estaban demasiado débiles para llevarlos en brazos. Muchas de las víctimas que no podían salir de los vagones iban directamente a los crematorios, aunque aún estuvieran con vida. Los niños recién nacidos podían ser arrojados vivos a la caldera de la lavandería por comodidad.



Hubo quienes lograban ocultar ropas, pieles, joyas, legados valiosos, diamantes y hasta oro, pero se veían despojados de esos elementos apenas llegaban. Las SS recogieron hasta muebles, incluidos varios pianos, que de algún modo habían acompañado a los prisioneros. Las autoridades del campamento acumulaban la mercadería en una sección de depósitos que recibía el nombre de “Canadá”. Otra sección del campo, llamada “México”, era el local de las ejecuciones.

Auschwitz no era un páramo estéril. Las flores silvestres destacaban entre el pasto alto. Pequeñas parcelas de arbustos y árboles sembraban el campo, así como un cinturón verde plantado para ocultar las cámaras de gas y los crematorios. Los hombres de las SS vivían cómodamente, fuera de los kilómetros de alambre electrificado interrumpidos por torres de vigilancia con ametralladoras.

Maletas marcadas a mano por los prisioneros


El cuerpo de la Cabeza de la Muerte contaba con su propia panadería, su matadero y su fábrica de embutidos. Por lo visto, al doctor Kremer le gustaba la cocina. Las tropas de las SS también podían retozar en una piscina durante los veranos calurosos y húmedos. Himmler autorizó la instalación de un burdel para los hombres. Las prostitutas prestaban sus servicios a los soldados alemanes y, a veces, a los soldados no judíos (criminales que ayudaban a gestionar el campamento, a manera de fideicomisarios). Los soldados y otros ayudantes prisioneros hasta ganaban pequeñas sumas por su trabajo en las instalaciones.

Dentro del cerco electrificado se extendía una zona prohibida. Cualquier prisionero que franqueara la línea podía ser derribado inmediatamente de un balazo; los guardias que mataban a alguien pisando la zona prohibida recibían una recompensa.

Prisionero abatido ante el cerco electrificado

Las barracas, diseñadas para unos trescientos prisioneros, aproximadamente, solían alojar a grupos de entre mil doscientas y mil quinientas personas. En vez de dormir en camas, los internos lo hacían en Pritschen, planchas de madera unidas con clavos. Los Pritschen diseñados para cinco personas solían tener hasta quince. Por lo general no se proporcionaban mantas ni almohadas.

Las barracas para prisioneros



En Auschwitz, los criminales comunes usaban un triángulo verde en el uniforme; los prisioneros políticos, uno rojo. A los judíos se les proporcionaba un triángulo amarillo con otro rojo superpuesto, formando una estrella de seis puntas. El de los homosexuales era rosado.


Debido a su terreno pantanoso, Auschwitz no era adecuado para instalar un sistema de cámaras sépticas que eliminaran los desechos. Las únicas instalaciones sanitarias disponibles para la mayor parte de los prisioneros eran las letrinas suplentes: agujeros abiertos en el suelo, en los que se echaba tierra a medida que se acumulaban los excrementos. La provisión de agua se contaminó. Los insectos portadores de enfermedades proliferaban, y las periódicas epidemias de disentería, tifus y afecciones dérmicas acosaban a los internos y a sus carceleros.

La chimenea por donde se expulsaban las cenizas de los cadáveres

En el verano de 1941, Hoess recibió una citación: debía presentarse en las oficinas de Himmler para recibir órdenes secretas. En esta ocasión, según dijo Hoess, se le dijo que el Führer había dado órdenes de aplicar la “Solución Final” a la cuestión judía, aunque no se sabe si Himmler utilizó realmente esa frase. En sus Memorias, Hoess cita a Himmler de este modo: “Los de las SS debemos llevar a cabo esta orden. Si no se ejecuta ahora, los judíos destruirán más adelante al pueblo alemán”. Hoess recibió la orden de consultar con Adolf Eichmann el mecanismo más eficiente para aniquilar a los judíos.




En su ambición de convertir a Auschwitz en un modelo para otros campamentos, Hoess investigó personalmente los métodos conocidos para matar en masa. Visitó el campamento de Treblinka y observó una matanza mediante el uso del monóxido de carbono introducido en los camiones cargados de víctimas. Decidió que no era muy eficiente y siguió buscando otros métodos.

Letrero de advertencia en Auschwitz

Algunos expertos sugirieron que se podía usar sobre seres humanos el gas Sarín, desarrollado por los nazis y que causaba asfixia y necrosis, pero se optó mejor por un pesticida llamado Zyklon B, que producía cianuro de hidrógeno gaseoso. Se desató entonces una horrible competencia. Atrapado en medio de ella estaba un personaje extraño, el Obersturmführer de las SS, Kurt Gerstein. Gerstein, destinado a la Oficina Central de Administración de las SS, era oficial en jefe de desinfección. Supuestamente, sus enemigos eran los piojos, y su arsenal consistía en preparados venenosos como el Zyklon B.

En junio de 1942, Gerstein recibió órdenes de llevar cien kilos de Zyklon B al campamento Belzec, en Polonia. El comandante era el capitán Christian Wirth (“Christian el Salvaje”, lo apodaban), que había sido superior de Hoess. Él condujo orgullosamente a Gerstein en un recorrido por su fábrica de muerte.


El visitante notó un olor pestilente que se extendía por todo el lugar. Vio una cabaña de vestuarios con una ventana para la verificación de objetos valiosos, con un letrero que decía: "A los baños e inhalantes”, y un largo edificio al estilo de un vestuario con duchas, adornado con tiestos de geranios, En el techo se veía una estrella de David y un letrero: “Fundación Heckenhold”.


Gerstein vio llegar un tren cargado de judíos. Los altavoces les indicaron que se desvistieran totalmente y entregaran el dinero y los objetos de valor en las ventanillas correspondientes. Las mujeres y las niñas fueron enviadas a una hilera de sillas de peluquería, donde se les cortó el pelo a rape. Antes de matar a las mujeres, los nazis les cortaban el cabello. Gran cantidad de cabello fue empacada en bolsas. Veinte kilos, veintidós kilos, materia prima para las fabricas alemanas. Siete mil kilogramos de cabello, ciento cuarenta mil mujeres asesinadas.

Cabello de las mujeres judías





Los nazis comerciaban con la muerte. Nada se desperdiciaba. Hacían fertilizante de los huesos humanos y los mandaban a la firma Strenn. Vendían cabello a las fábricas nacionales de tapicería, para rellenar almohadas o hacer tapetes y alfombras. La grasa de los cadáveres servía para hacer velas y un jabón de muy buena calidad. La piel, para fabricar pantallas de lámparas, sillas, chamarras, gabardinas y zapatos. Con los dientes también se comerciaba.

Adornos realizados con restos humanos


Lámpara hecha de piel humana

Estas materias primas ocupaban 35 depósitos. Uno contenía anteojos. Otro, ropa de los muertos: 514,843 piezas de ropa de hombres, mujeres y niños. Esa ropa se reutilizaba, vendiéndola entre la población civil alemana: niños arios vestidos con las caras ropas de niños exterminados en Auschwitz.

Cientos de pares de anteojos de los ejecutados


La carne se utilizaba para darle de comer a los perros asesinos que cuidaban los campos, sobre todo pastores alemanes y perros salchicha (dachshund), una raza creada por los nazis para que pudieran entrar en sótanos y escondites y cazar judíos; los salchicha provenían de la selección de sabuesos alemanes afectados de bassetismo (extremidades cortas), muy aptos para la caza. Los perros salchicha eran extremadamente fieles con sus amos, pero terribles con sus presas. Los judíos les temían más que a los pastores alemán. Después de la guerra, los estadounidenses lanzaron una agresiva campaña contra los perros salchicha.

Guardias nazis con perros pastor alemán


Cartel de la campaña contra los dachshund

Después, todo el mundo tenía que marchar al edificio de la “Fundación Heckenhold”. Una voz les indicó: "No van a sufrir daño alguno. Aspiren profundamente, que eso fortalecerá sus pulmones. Es un modo de evitar las enfermedades contagiosas. Se trata de un buen desinfectante”.


Entre la multitud desnuda, algunos parecieron apaciguarse ante la información de que a los hombres les asignarían trabajo y a las mujeres, labores domésticas. Sin embargo, según Gerstein, casi todos los condenados comprendieron su destino porque “el olor lo traicionaba”. Recordaba que una mujer de unos cuarenta años "con fuego en los ojos, maldijo a los asesinos” mientras desaparecía en las cámaras de gas, tras haber recibido varios latigazos del capitán Wirth. Muchos rezaban.


Una vez que hubo setecientas u ochocientas personas amontonadas en el interior con las puertas cerradas, Gerstein comprendió súbitamente lo que significaba el nombre del edificio: era el unterscharführer Heckenhold quien manejaba el motor diesel que generaba el gas.


En esa ocasión, el motor falló. Gerstein cronometró el tiempo que demandaba la operación, y su reloj mostró una demora de dos horas y cuarenta y nueve minutos antes de que Heckenhold pudiera hacer funcionar nuevamente el motor. Durante esa espera, el profesor Pfanstiel, catedrático de higiene en la Universidad de Marburg, mantenía la vista clavada en un ojo de buey abierto en el edificio, informando de que se oían llantos, “como en una sinagoga”.

Miles de cepillos de las víctimas

La mayor parte de las víctimas murió a los veinticinco minutos de haberse puesto en funcionamiento el motor. A los treinta y dos minutos, todos estaban muertos. Cuando las puertas se abrieron, Gerstein observó que las víctimas aún estaban de pie, debido a lo estrechamente que las habían amontonado. "Como columnas de piedra. Los cadáveres fueron arrojados afuera, mojados de sudor y orina, con las piernas manchadas de excremento y sangre menstrual”.


Veinticuatro trabajadores judíos que pronto seguirían el mismo camino, se encargaron de utilizar ganchos de hierro, en busca de dientes de oro que fueron retirados a golpes de martillo; estos carroñeros revisaban los anos y las vaginas buscando dinero, diamantes u oro que hubieran sido escondidos. También guardaban las prótesis: cientos de ellas se apilaban en una bodega. Luego los cadáveres fueron arrojados a una fosa enorme. Unos cuantos días después, la tierra se hinchó y la masa putrefacta se levantó dos o tres metros debido a los gases. Más tarde se echó combustible sobre los restos y se les prendió fuego.


Clasificación de joyas y dientes de oro de los muertos

Bodega llena de prótesis

Winh, muy perturbado por el fracaso de su método, rogó a Gerstein que no informara sobre el desgraciado episodio. Gerstein accedió y, por mucho tiempo, no permitió que se comparara la efectividad del Zyklon B con el monóxido de carbono. Sepultó sus cien kilos de Zyklon B con la excusa de que se habían echado a perder. Como consecuencia, los campos de Kulmhof, Belzec, Sobibor, Lublin y Treblinka continuaron matando con monóxido de carbono.


Sin embargo, Hoess tuvo la oportunidad de presenciar una prueba del Zyklon B con un grupo de comisarios políticos del ejército rojo que habían caído prisioneros. Las SS amontonaron a unos novecientos rusos en el depósito de cadáveres de un antiguo campamento del ejército. El gas fue introducido por agujeros abiertos en el techo.


Hoess recordaba:

“Cuando se arrojó el polvo hubo gritos de ‘¡Gas!’. Después se produjo un gran aullido: los prisioneros atrapados se arrojaron contra ambas puertas, pero éstas resistieron. Eso me puso incómodo y me estremecí, aunque había imaginado que la muerte por gas sería peor de lo que era. La matanza de esos prisioneros de guerra rusos no me preocupó mucho en aquel entonces. La orden había sido dada y yo tenía que cumplirla. Hasta debo admitir que eso del gas me serenó la mente, pues se iba a iniciar pronto la exterminación masiva de los judíos. Ahora contábamos con el gas y habíamos establecido un procedimiento”.

Latas de Zyklón B, el gas del exterminio

En realidad, Hoess demostró considerable talento al establecer “un procedimiento”. Comenzó por una blanca casa de granja, en Birkenau. Los obreros arreglaron el edificio, retiraron las ventanas, derribaron las paredes interiores y taparon cualquier filtración de aire. La estructura se convirtió en la primera de las cinco cámaras de gas del campamento.



En los nuevos edificios, algunas de las columnas de soporte del interior estaban perforadas. En ellas se arrojaban pastillas de Zyklon B, que un hombre de las SS, provisto de una máscara de gas, dejaba caer por las aperturas del techo. De inmediato unas cubiertas en forma de hongo se instalaban sobre las aperturas para evitar la filtración de gas. En el interior, las pastillas se disolvían al contacto con la humedad del aire, aumentada por el sudor de la gente. Unas ventanillas especiales permitían que los observadores detectaran el momento de la muerte, habitualmente entre veinte y veinticinco minutos después de iniciada la operación. La inhalación de gas cianuro destruye el mecanismo por el cual las células rojas de la sangre retienen el oxígeno. Los síntomas son la pérdida del control intestinal, hemorragias y, finalmente, parálisis del sistema respiratorio, que lleva a la asfixia.

Zyklon B: un método eficiente

Latas vacías de Zyklon B

Una empresa privada, DEGESCH (abreviatura de Corporación Alemana de Lucha contra los Parásitos), fabricaba las pastillas de gas. Como el Zyklon B se deterioraba en el envase, Auschwitz no podía acumular una gran provisión. Los botes de gas se fabricaban, se encargaban y se entregaban con cierta regularidad. El Zyklon B tenía otros usos: servía para exterminar roedores e insectos en lugares cerrados, para fumigar edificios y barcos, desinfectar ropas y desparasitar a seres humanos, siempre que usaran máscaras antigás. Como la propaganda del Tercer Reich con frecuencia describía a los judíos como parásitos o insectos que “debían ser exterminados como una plaga”, las SS consideraron que el uso de Zyklon B era sumamente apropiado para la "Solución Final".

Cartel propagandístico: “Los judíos son piojos y transmiten el tifus”

Hoess no tardó en comprender que la matanza era sólo una parte del trabajo. Para una veloz y efectiva eliminación de los cadáveres se requería algo más que una fosa común, tal como había sido demostrado por el incidente que Gerstein presenció. Por ello se edificó el primer crematorio junto a la antigua granja. Aumentó su eficacia con las unidades siguientes.


Las nuevas instalaciones, diseñadas por la empresa Kammler, quien más adelante trazó los planos para las instalaciones de los Cohetes V, enlazaban una antesala donde los condenados se desvestían, la cámara de gas y los hornos. Había ascensores para llevar los cuerpos desde la cámara hasta los crematorios. Una organización de las SS, Deuessche Augrustungswerk, hizo las puertas y las ventanas. Topf e Hijos, una empresa de Erfurt, suministraron los hornos, y también para Buchenwald. La iniciativa privada ayudó gustosa en el proyecto de la gran fábrica de muertos alemana.

Los nuevos hornos crematorios, facilitados por la iniciativa privada



Una vez que todos estaban muertos, unos camiones especiales ventilaban la cámara de gas. Ciertos prisioneros (sonderkomandos), lavaban los cadáveres con unas mangueras, limpiando los excrementos; luego los revisaban en busca de dientes de oro o joyas ocultas. Finalmente cargaban los cuerpos en pequeños carros, en los que cabían tres niños o dos adultos. Los cadáveres se introducían entonces en los crematorios, y sus cenizas se llevaban en camión a varios kilómetros de distancia, para arrojarlos al río Sola.



Rudolf Urba, uno de los dos primeros internos que escapó de Auschwitz y proporcionó el primer testimonio directo del Holocausto, dijo:

“En principio, sólo se mataba con gas a los judíos. Rara vez a los arios, pues se les suele brindar Sonderbehandlung (tratamiento especial), fusilándolos. Antes de que se pusieran en funcionamiento los crematorios, los fusilamientos se llevaban a cabo en Birkenau y los cuerpos se quemaban en la larga trinchera. Más adelante, sin embargo, las ejecuciones se realizaron en el salón grande de uno de los crematorios, que habían provisto con una instalación especial con ese fin. A la inauguración del primer crematorio, en marzo de 1943, asistieron invitados importantes de Berlín. El ‘programa’ consistía en la ejecución por gas y cremación de ocho mil judíos de Cracovia. Los invitados, tanto oficiales como civiles, se mostraron sumamente satisfechos con los resultados; la mirilla especialmente instalada en la puerta de la cámara de gas fue utilizada en todo momento. Todos fueron muy generosos en sus alabanzas de las nuevas instalaciones”.

Los jerarcas nazis en la inauguración de Auschwitz-Birkenau



La destrucción por gas de enormes cantidades de personas no era un secreto para las altas esferas del partido. No obstante, se disfrazaron los aprovisionamientos. Los embarques iban directamente a la llamada División de Exterminación y Fumigación de Auschwitz (muy poco se utilizó para el control de parásitos) y los camiones que se enviaban para recoger las provisiones estaban destinados a “recoger materiales para la reubicación de los judíos”. Hoess y sus colegas aprendieron a mover con más fluidez la cadena de montaje de los asesinatos.


En cuanto a aquellos que desfilaban frente a los seleccionadores, con frecuencia se decidía sobre la base de la edad; en otras ocasiones, simplemente por el capricho del médico. La rápida destrucción de una alta proporción de recién llegados ayudaba a mantener la población del campamento dentro de unos límites tolerables. Pero cada embarque traía también trabajadores esclavos nuevos, más saludables y fuertes. Para hacerles lugar, se efectuaban frecuentes selecciones de exterminio dentro del campamento. Ésas también estaban a cargo de los médicos.


Según Filip Müller, uno de los primeros Sonderkommandos, que milagrosamente sobrevivió cuatro años en Auschwitz, la primera ejecución por gas fue un caos. Las víctimas, aún vestidas, sintieron que se acercaba la fatalidad cuando las llevaron, a empujones y golpes, hacia la casa. Los guardias mataron a tiros a varios que se resistían. Como a nadie se le ocurrió desvestirlos, los cadáveres eran un enredo de cuerpos, prendas, heces, orina y sangre menstrual. Los Sonderrkommandos pudieron rescatar muy poca cosa. Hoess cambió inmediatamente de táctica. Cuando la gente destinada a las cámaras de gas desembarcaba de los trenes, él o los miembros de su cohorte solían pronunciar un breve discurso.



En sus Memorias, comenta:

“Lo más importante era que toda la operación de llegada y desvestido se produjera, en la medida de lo posible, en una atmósfera de calma. Se preguntaba a los prisioneros si tenían algún oficio. ‘¡Sastre!’, gritaba alguna alma desprevenida. ‘¡Excelente!’, respondía apaciblemente un oficial de las SS. ‘¡Enfermera!’, exclamaba alguna mujer. ‘Sí, nos hacen falta enfermeras cualificadas’ Cuando se pasaba lista, el recuento solía servir para la selección. Los candidatos más obvios eran los ‘musulmanes’, hombres y mujeres que adquirían una mirada fija, como de zombies. Enflaquecidos e indescriptiblemente sucios, ya no parecía importarles cuál iba a ser su destino. Les llamábamos así porque a nuestros ojos, esos individuos parecían, desde lejos, musulmanes dedicados a sus oraciones. Las causas de estas depresiones mortales eran la muerte de los seres amados, los golpes y la dieta de hambre. Algunas personas, antes de llegar al estado de musulmanes, reunían la suficiente determinación para arrojarse contra la cerca electrificada; otros se aventuraban deliberadamente más allá de la línea de muerte. Pero los musulmanes no alcanzaban a calmar los apetitos de las cámaras de gas y los crematorios.”.

Guardianas nazis: Hilde Lobauer e Ilse Koch


Otro mencionaba: “¡Cuántas personas he llevado a la cámara de gas, a amigos y conocidos de mi propia ciudad! Ésta es la ley de Auschwitz: a los condenados a muerte se les engaña hasta el último momento. Ésta es la única forma de compasión permitida”. A veces, mientras bajaban de los trenes, veían la orquesta de internos, dirigida por la violinista Alma Rase. Los músicos llevaban blusas blancas y faldas de color azul oscuro, y tocaban alegres melodías de La viuda alegre o La Barcarola. En las salas donde se desvestían, las víctimas veían ganchos numerados. Se les indicaba que memorizaran sus números, a fin de reclamar sus ropas después de la ducha desinfectante. Los pasillos tenían letreros con flechas que señalaban Wiische und Disinfiksraum. Había rótulos que advertían: “Un solo piojo puede matar” y “La limpieza da libertad”.

Algunas víctimas se inquietaban cuando los guardias las golpeaban con látigos o cachiporras, para obligar a los rezagados a entrar en las duchas. Un destello de realidad aparecía cuando los que podían ver descubrían que las alcachofas de las duchas eran falsas. Pero entonces ya era demasiado tarde hasta para mostrar resistencia. Las puertas de acero estaban bien cerradas. Los soldados de las SS, enmascarados, ya estaban tirando las pastillas letales por las ranuras del techo, tras la indicación del sargento Moll, quien gritaba, gozosamente: “¡Bueno, denles algo rico para mascar!”

Víctimas rumbo a las cámaras de gas

Un médico del campamento permanecía pacientemente sentado ante uno de los gruesos ojos de buey. Por allí podía ver las multitudes desnudas, que esperaban de pie el flujo de agua, cuando de pronto captaban el gas. Las víctimas se lanzaban en estampida hacia las salidas, que eran sólidas puertas de metal. Así arrollaban a niños, mujeres, viejos y débiles. Algunos trataban de ascender por encima del gas, y trepaban sobre los cuerpos de los caídos. La agonía duraba sólo cuatro o cinco minutos. Los gritos y plegarias cesaban.


A los pocos minutos aparecían en el cielo las primeras lenguas de fuego surgidas de los hornos. Las llamas y el humo brotaban de las chimeneas día y noche. Sobre el campamento se cernía una gruesa cortina de humo pestilente que duraba las veinticuatro horas del día, cuando morían doce mil personas o más en una sola jornada. Charlotte Delbo, quien combatió con la resistencia francesa, fue capturada en 1942 y enviada a Auschwitz. Su esposo fue ejecutado. Ella recordaba décadas después:

“Un soldado de las SS aparece por el extremo del campo. Nos mira. Habla. No grita. Una pregunta. Nadie responde. Pide: ‘Intérprete’. Se adelanta Marie-Claude. El de las SS repite su pregunta y ella traduce: ‘Pregunta si alguna de nosotras no soporta el recuento’. El de las SS nos observa. En verdad, ¿quién soporta el recuento? ¿Quién puede permanecer horas enteras de pie? En medio de la noche. En la nieve, sin haber comido, sin haber dormido. ¿Quién puede soportar este frío durante horas enteras? Algunas levantan la mano. El de las SS las hace salir de las filas. Las cuenta. Son muy pocas, Suavemente, pronuncia otra frase que Marie-Claude vuelve a traducir. ‘Pregunta si no hay otras, ancianas o enfermas, a quienes el recuento les parezca demasiado duro por las mañanas’. Es un esfuerzo más para convertir a las víctimas en cómplices de sus propios asesinatos, para obligarlas a que se elijan a sí mismas. Se alzan otras manos. Entonces Magda se apresura a codear a Marie-Claude y ella, sin cambiar el tono, dice: ‘Pero es mejor no decirlo’. Las manos que se han levantado vuelven a bajar. Todas, menos una. Una ancianita, bastante menuda, que se alza de puntillas, estirando y agitando el brazo tan alto como le es posible, temerosa de que no la vean. El SS avanza. La anciana levanta la voz: ‘Señor, tengo sesenta y siete años’. Sus vecinas tratan de hacerla callar. Ella se enoja. ¿Por qué la interrumpen si hay un sistema menos duro para los enfermos y los viejos? ¿Por qué le impiden aprovecharlo? Con una voz aguda, tan vieja como ella, grita, desesperada por haber sido olvidada. ‘Yo, señor. Tengo sesenta y siete años’. El de las SS la oye y se vuelve. Y ella se une al grupo ya formado, que el médico de las SS acompaña hasta el Bloque 25. Es una selección para la cámara de gas. Observamos los camiones que se llevan a las seleccionadas. Por entonces ya conocemos su destino. Sus chillidos permanecen inscritos en el azul del cielo. Para toda la eternidad, cabezas afeitadas oprimidas entre sí y estallando en gritos. Bocas torcidas por alaridos que nadie oye, manos despidiéndose mudamente”.


En los períodos en que más trabajaban, los hornos se sobrecargaban tanto que Hoess improvisó unos fosos crematorios al aire libre para quemar más cadáveres. Un funcionario confidencial de Auschwitz comentó: “Nuestro sistema es tan terrible que ningún hombre lo creería posible. Aunque un judío escapara de Auschwitz y contara al mundo mundo lo que había visto, el mundo lo tildaría de mentiroso y nadie le daría crédito”.

El testimonio de un prisionero es sobrecogedor: "Mi gorra había desaparecido. Un prisionero sin gorra era un prisionero muerto. Todo aquel que en la formación matinal no tuviera la gorra reglamentaria era de inmediato liquidado por el oficial de guardia. A menudo, los dos hacían de esto un motivo de diversión. El guardia le quitaba la gorra a un prisionero y la arrojaba al otro lado del patio y el oficial disparaba sobre la víctima. Si el prisionero sin gorra no se movía, lo mataba por no tener la gorra; si corría para recogerla, lo mataba por intento de fuga. Entonces, yo tenía sólo dos o tres horas de vida. Podía denunciar que me habían robado la gorra pero nadie me creería. Cuidadosamente salí de mi camastro. Mis pies descalzos tocaron el frío piso de cemento. El frío me hizo bien; volví a tener la cabeza fría. Mi mirada se dirigió hacia mi víctima. Dormía en el camastro superior. No pude reconocer su cara pues la tenía tapada con la manta. Pero la punta de su gorra asomaba por debajo de su brazo. Con todo cuidado se la saqué. El hombre no se movió. La gorra estaba en mi mano. Rápidamente la coloqué bajo mi camisa. La tela áspera me arañaba el pecho. Silencio. Sólo los fuertes latidos de mi corazón se oían en la barraca. La formación se realizó puntualmente a las cinco de la mañana. Los reflectores iluminaban el patio. Nevaba y el frío penetraba hasta los huesos. '¡Atención!', gritó el SS y todos nos pusimos rígidos. Comenzó el recuento. Me coloqué en la segunda fila. Era importante lograr una buena posición en el medio, que no se notara mucho, lo más lejos posible de la mirada del oficial nazi. En alguna parte detrás mío estaba un hombre que esperaba su muerte segura. No tenía idea alguna acerca de lo que el hombre sin gorra sentía y pensaba. No tenía ningún cargo de conciencia, rechacé todo pensamiento sobre su persona y sus sentimientos. Su existencia no tenía importancia para mí. Si yo no me ayudaba, ¿quién lo haría por mí? El oficial y el SS recorrían las filas, inspeccionando la vestimenta, la postura, la capacidad de trabajo de los presos. ¿Cuándo llegarían a él? El oficial y el SS contaban los prisioneros; yo los segundos. Quería que la cosa pasara de una vez. Los dos inspeccionaban la cuarta fila. El hombre sin gorra no suplicó por su vida. El asesino y la víctima conocían las reglas del juego; no tenía sentido pedir una gracia. El tiro fue disparado sin previo aviso. Un breve estampido, seco y sin eco. Sin duda fue disparado a la cabeza. Siempre apuntaban al cráneo. Siempre a corta distancia. Estábamos en guerra y el gobierno exigía que los asesinos ahorraran munición. No miré hacia atrás. No quería saber a quién habían matado. Estaba contento de seguir viviendo".



Destrozado por las experiencias en Auschwitz, un ex prisionero recordaba, semanas antes de su suicidio: "Mi padre llegó en un cargamento. Cuando iba a entrar en la cámara de gas, donde yo estaba metiendo a la gente, me vio y se me echó al cuello; empezó a besarme y a preguntarme qué le iba a ocurrir a continuación, y a decirme que estaba hambriento porque llevaba dos días sin comer. De repente se oyeron los gritos del SS que me ordenaba seguir trabajando. ¿Qué iba a hacer? 'Vete, padre -le dije-, date un baño; después hablaremos, ya ves que ahora no tengo tiempo’. Y mi padre se fue a la cámara de gas sonriéndome”.

Cadáveres en los crematorios

Frank Stiffel, un judío polaco, estudiante de medicina, trasladado de Treblinka al campamento de Auschwitz, describió así las condiciones sanitarias:

“Miles de piojos, millones de pulgas; diarrea contagiosa que enviaba a la gente corriendo al baño casi sin cesar; y el rey de todos ellos, el omnipresente compañero de todas las grandes guerras: su majestad el Tifus. Todos eran terribles, todos muy íntimos y todos muy constantes. Uno deslizaba la mano bajo el calcetín y sacaba un puñado de pulgas. Se rascaba la camisa y encontraba piojos bajo todas las uñas. Sentía un dolor en el vientre y, un minuto después, tenía los pantalones llenos de una masa maloliente, horrible, semilíquida. Caía con fiebre y sabía que, probablemente, era tifus. Y la decisión más importante y vital que era necesario hacer con frecuencia era la siguiente: '¿Cómo prefiero morir? ¿A palos, de un balazo, electrocutado, por gas o por una bendición natural enviada por Dios, como la diarrea o el tifus?'”


En el período 1939-1940, los alemanes iniciaron una serie de programas de observaciones sobre los efectos del fosgeno y el gas mostaza en doscientos veinte prisioneros; las pruebas fueron realizadas por un médico llamado August Hirt, bajo los auspicios del Instituto para la Investigación y la Herencia, de Himmler. Un testigo de las pruebas dijo: “Los sujetos sufrían un dolor tan horroroso que uno apenas soportaba estar cerca de ellos”.


Uno de los primeros en capitalizar el material humano disponible en los campos de concentración fue un médico de la Luftwaffe, Sigmund Rascher, también amigo de Himmler. Rascher escribió al jefe de las SS acerca de la falta de conocimientos sobre el efecto de los vuelos a gran altura. Según apuntaba, los experimentos en ese terreno eran tan peligrosos que ningún piloto de la Luftwaffe parecía dispuesto a ofrecerse como voluntario. “¿No puede usted disponer de dos o tres criminales profesionales para estos experimentos?”, preguntaba Rascher, agregando que estaría dispuesto a aceptar, como sustituto, a algún retrasado mental, que luego podría ser eliminado por medio del programa eutanásico.

Himmler apoyó con entusiasmo la propuesta. El líder de las SS, que disfrutaba como un niño con los proyectos innovadores, inauguró en Dachau la Primera Estación Experimental de la Luftwaffe. Rascher recibió vía libre. Para los experimentos de gran altura instalaba a los hombres dentro de cámaras de presión, de donde las bombas retiraban el oxígeno en cantidad creciente. En algunas pruebas se produjo la ruptura de los pulmones. Un ayudante prisionero dijo: “Algunos experimentos provocaban tal presión en la cabeza, que los hombres enloquecían y se arrancaban los cabellos en un esfuerzo por aliviar la presión. Se desgarraban la cara y la cabeza con los dedos y las uñas, o se sacaban los ojos a sí mismos, tratando, en su locura, de mutilarse”. Tales investigaciones dieron como resultado, entre otras cosas, el uso de la cámara de presión como medio de ejecución.

Hombre muerto dentro de una cámara de presión

Rascher también extendió sus investigaciones a los efectos de la exposición a un frío extremo, aplicable a los pilotos que caían en el mar. La Primera Estación Experimental de la Luftwaffe vistió a sus prisioneros con equipos de vuelo para verano y para invierno, hasta con chaleco salvavidas, y los sumergió en tanques de agua helada. Durante el invierno en Dachau, los forzados participantes pasaron noches enteras al aire libre a temperaturas bajo cero. Rascher, aplicando una política de intervención, ordenó que algunos especímenes fueran rociados con agua, que luego se congelaba. En una de sus empresas investigó la reanimación de personas gravemente congeladas mediante el calor animal. Después de sacar del agua helada a un hombre inconsciente con una temperatura corporal de 25 o 26 grados centígrados, se le ponía entre los cuerpos de dos prostitutas confinadas en Dachau. Rascher empleó a unos trescientos prisioneros en sus estudios; sólo dos sobrevivieron a los experimentos; fueron diagnosticados como “casos mentales” y destinados inmediatamente a la muerte.


El clínico en jefe de las SS, Gebhardt, un cirujano ortopedista cuyo padre había sido médico personal de Himmler, despreció el trabajo de Rascher, calificándolo de “inútil” y nada científico. Pero si bien denigraba la obra del doctor de la Luftwaffe, Gebhardt no mostró vacilación alguna ante la oportunidad de usar cobayas humanos. En 1943 anunció que asumía “toda la responsabilidad humana, quirúrgica y política de los experimentos” que se estaban realizando en los KZ. Gebhardt y sus colaboradores injertaron hombros, brazos y piernas amputados de prisioneras vivas y sanas, retenidas en Ravensbruck, en otros cobayas humanos.


Luego procedió a dedicarse al tratamiento de las heridas recibidas en campos de batalla. A modo de prueba, varios prisioneros fueron sometidos a disparos, amputaciones de miembros y otras imitaciones de las heridas de guerra. Rascher tammbién llevó a cabo lo que llamaba “inspecciones de piel”, en las cuales examinaba desnudos a los candidatos a los experimentos. Si aferraba a uno por las nalgas o los muslos, declarándolo “bueno”, eso significaba que, después de su muerte, el hombre sería desollado. Pues, aparte de su laboratorio, Rascher dirigía una especie de curtiduría, donde las pieles humanas eran sometidas a tratamientos químicos. Una vez secadas, se fabricaban con ellas guantes, monturas, ropas para montar, zapatos finos y bolsos. Los pellejos tatuados eran especialmente valiosos. Cuando los trabajadores del cuero mencionaban que había escasez de materia prima, Rascher respondía: “Está bien, ya tendrán cuerpos”, y aparecían veinte o treinta cadáveres nuevos. Se empleaban disparos o golpes en la cabeza para no arruinar la piel.


Rascher fue sólo uno entre los cientos de médicos alemanes que se dedicaron a experimentar con los internos de los campamentos. El doctor Claus Schilling, anciano especialista en medicina tropical, abandonó su retiro, siguiendo órdenes de Himmler, para investigar la malaria en Dachau. Se inyectaba a los sujetos con picaduras de mosquitos portadores de la bacteria e inyecciones directas de los organismos infectados; después, Schilling estudiaba la efectividad de diversos preparados contra la malaria. De los mil doscientos que contagió, entre unos treinta o cuarenta murieron por efectos de la malaria. Muchos otros quedaron tan débiles que sucumbieron a otras enfermedades comunes en la población de los KZ.


Los internos también proporcionaban pasto para probar armas potenciales. El doctor Ding Schuler, médico en jefe de Buchenwald, del que se descubrió que ni siquiera tenía estudios completos de Medicina, observó, junto con Gebhardt, el resultado de las balas envenenadas:


“Se utilizaron balas con nitrato de acónito en cinco personas sentenciadas a muerte. Cada sujeto recibió un disparo en la parte superior del muslo izquierdo, estando en posición horizontal. En el caso de dos personas, las balas pasaron limpiamente a través de la parte superior del muslo. Aun más tarde, no se notaron los efectos del veneno. Por lo tanto, estos dos sujetos fueron rechazados. Los síntomas demostrados fueron sorprendentemente idénticos. Después de veinte o veinticinco minutos se inició una perturbación de los nervios motores y un leve flujo de saliva. Después de cuarenta y cuatro minutos apareció un abundante flujo de saliva. Las personas envenenadas tragaban con frecuencia; más adelante, el flujo de saliva era tan abundante que ya no se podía controlar tragando; una saliva espumosa surgió de la boca. Luego se inició una sensación de ahogo y vómitos. Uno de los envenenados intentó vomitar en vano. Más tarde, la perturbación de los nervios motores aumentó tanto que las personas se convulsionaban arriba y abajo, ponían los ojos en blanco y efectuaban movimientos sin sentido con brazos y piernas. Al fin, la perturbación cesó, las pupilas se dilataron al máximo y los condenados permanecieron inmóviles. En uno de ellos se observaron calambres rectales y pérdida de orina. La muerte se produjo a los 121, 123 Y 129 minutos después de haber sido recibido el disparo”.


Aunque los medicamentos a base de sulfamida habían sido descubiertos en Alemania, los nazis, a diferencia de los Aliados, no los agregaban al equipamiento médico. Por lo tanto, mientras que los soldados enemigos llevaban paquetes de sulfamida para prevenir las infecciones, los soldados alemanes eran vulnerables a la infección y a la gangrena. Tras recibir órdenes de determinar la efectividad de los preparados a base de sulfamida, Gebhardt comenzó a experimentar. Se simularon heridas de combate en internas jóvenes y sanas.


Los médicos que trabajaban con Gebhardr cortaron piernas e insertaron objetos extraños, tales como astillas de madera, tierra, vidrio y organismos bacterianos: estreptococos y estafilococos. Luego se trataron algunas de las heridas infectadas con diversos medicamentos, entre los que se incluía la sulfamida, mientras se permitía, a manera de control, que algunas heridas degeneraran en gangrena mortal. El proyecto recibió estímulos después de que Reinhard Heydrich, el jefe de la Gestapo, sucumbiera a las heridas recibidas durante un intento de asesinato en Lidice, Checoslovaquia. Por desgracia para los soldados alemanes, era demasiado tarde para crear un sistema de producción masiva de sulfamida.


Otra serie de investigaciones se encaminó a evitar que los soldados alemanes fingieran estar enfermos. Un importante número de combatientes en el frente oriental había sido retirado de la batalla mediante subrepticias inyecciones de bencina y otros productos químicos no letales. En el Bloque 28 de Auschwitz, el doctor Fritz Klein, asistido por médicos internos, reunió a treinta muchachos judíos sanos. El doctor Mansfeld, prisionero, entró en la habitación y presenció la aplicación de inyecciones subcutáneas de bencina y nafta en los muchachos.


Mansfeld advirtió a uno de los médicos internos involucrados en el proyecto que no sólo se conocían los efectos de esos productos en los humanos, sino que esos experimentos se podían llevar a cabo en animales. Klein prosiguió introduciendo las sustancias profundamente en las dos piernas de todos los sujetos. Como era previsible, en el curso de una semana se formaron grandes abscesos; se extrajeron muestras de pus, que fueron enviadas al Instituto de Histología de Bresslau, indicando claramente, una vez más, la amplia participación de la medicina alemana en los experimentos realizados en los campos de concentración. La investigación no dio soluciones al problema, pero sirvió para reducir la población de prisioneros: todas las víctimas fueron a la cámara de gas.


Entre los capítulos más atroces en los anales de la medicina practicada en Auschwitz estuvo la investigación sobre raza y herencia. Bajo el auspicio de la Sociedad de Herencia Ancestral, encabezada por Wolfram Sievers, la Universidad de Estrasburgo organizó una colección de cráneos y esqueletos. A continuación, el profesor Hirt recopiló medidas científicas sobre los restos de “setenta y nueve judíos, treinta judías, cuatro asiáticos y dos polacos”. Resulta irónico que, muchos años después, la investigación sobre la supuesta muerte de Josef Mengele se basara, principalmente, en las medidas del cráneo.


Hirt solicitó especimenes a un ayudante de Himmler, especificando bien sus necesidades: “Sin embargo, de la raza judía sólo tenemos unos pocos cráneos. La guerra en el Oriente nos ofrece ahora la oportunidad de solucionar esa deficiencia. Al obtener los cráneos de los comisarios judíos bolcheviques, que representan el prototipo de ese grupo subhumano, repulsivo, pero característico, tenemos ahora la oportunidad de obtener material científico”. Para fortalecer la integridad de sus estudios, Hirt insistió en que se midiera la cabeza a los especimenes mientras estuvieran con vida. “Tras la muerte inducida de los judíos, cuyas cabezas no deberán ser dañadas, el médico separará la cabeza del cuerpo y la enviará en un bote herméticamente cerrado”.


Hirt también se interesaba por la microscopia intravital, el estudio de las células vivas de los órganos, lo cual, despojado de los eufemismos y del lenguaje arduo, significaba, en su caso, retirar órganos vitales de seres humanos vivos. También amputaba manos y piernas cuando una simple terapia médica habría podido curar el problema. Los doctores Tilo y Fischer realizaban apendicetomías, operaciones de hernia e intervenciones ginecológicas, aun cuando no había síntomas presentes. El médico de las SS se esforzaba en perfeccionar su técnica para las operaciones de estómago efectuando operaciones importantes, comúnmente indicadas para cánceres estomacales, en pacientes que no estaban enfermos. Sus sujetos morían en la operación o sobrevivían para ir a las cámaras de gas.

El camino a los hornos, en Auschwitz

Cuando acabó el tiroteo entre los ejércitos combatientes, en mayo de 1945 (las ejecuciones por gas se habían interrumpido ya en noviembre de 1944), los investigadores aliados informaron que un total de 350 médicos alemanes habían participado en actividades en los campos de concentración. La cifra no incluye a los médicos prisioneros. Eso equivale al 3.5 por ciento de los diez mil médicos matriculados en Alemania al iniciarse la Segunda Guerra Mundial, cifra que debería disminuir al restar a los médicos judíos. A esos trescientos cincuenta, deberíamos agregar el apoyo prestado por hombres como Otmar von Verschuer, también médico, aunque no trabajara personalmente en un campo de concentración. Muchas de las actividades de investigación involucraban a científicos de universidades que buscaban beneficiarse con las actividades en los KZ. Además, existía un tránsito constante de médicos momentáneamente instalados en los campamentos, como Kremer, o civiles que los visitaban con fines de estudios propios. En tales circunstancias, el conocimiento de la comunidad médica alemana al respecto tiene que haber sido muy amplio.

Niños víctimas de experimentos

Lord Gadiner dijo alguna vez:

“Si alguien hubiera preguntado: ‘¿Cree usted que uno de estos países de la Europa Occidental, la flor de la civilización y la cultura, llevará a millones de ancianos y niños, literalmente desnudos, a las cámaras de gas?’, todo el mundo habría dicho que eso era absolutamente imposible por dos razones. Primero, uno no puede concebir motivo alguno por el que alguien pudiera hacerlo. Acarrearía sobre sí el odio del mundo por años. Si lo hicieran en tiempos de paz, pronto habría guerra, pues todo el mundo los detendría. Si lo hicieran en tiempos de guerra, ¿qué podrían ganar que justificara una conducta de ese tipo y el oprobio que eso causaría? Y en segundo término, todos habrían dicho: ‘Jamás se conseguirá la gente necesaria para hacerlo’. Después de todo, un ejército de conscriptos se compone de gente que proviene de hogares y fábricas, que tienen esposas e hijos propios. ¿Imaginan ustedes que se podría convencer a hombres con hijos propios de que llevaran a las cámaras de gas a decenas de millares de niños? Si se hubiera dicho o sugerido que los seres humanos serían usados como conejillos de Indias, que les extirparían literalmente los órganos sexuales delante de sus mismos ojos estando conscientes, como objetos de experimento, habríamos dicho que es imposible. Y además, sólo los médicos podrían hacer una cosa así. ¿Y dónde se habrían encontrado médicos que lo hicieran? Y nos habríamos equivocado”.


El doctor Hans Hermann Kremer había alcanzado la distinción científica además de haber recibido una educación en los clásicos; una instrucción similar a la de Josef Mengele. Designado para el cargo de profesor de medicina en la Universidad de Münster, en 1929, Kremer se unió al partido nazi un año más tarde.


En 1941 se enroló en la Waffen SS. Durante el verano de 1942, mientras la División Vikinga, con Josef Mengele, combatía por la conquista de Rostov, Kremer recibió un nombramiento provisional para reemplazar a otro médico en Auschwitz. Allí llevó un diario, registrando lo que veía y sus propias reacciones. Sus anotaciones comienzan así:


“Presente por primera vez en una Sonderaktion (acción especial) a las tres de la mañana. Comparado con esto, el Infierno de Dante me parece una comedia. No por nada se denomina a Auschwitz ‘El Campo de la Muerte’".


La Sonderaktion que lo horrorizó momentáneamente fue una gran pira de seres humanos arrojados sobre leña encendida, empapada con gasolina. Con frecuencia, esas personas aún estaban vivas cuando se encendía el fuego.


Kremer anotó: “Los hombres quieren tomar parte en esas acciones porque así les dan raciones especiales, que consisten en un quinto de litro de aguardiente, cinco cigarrillos, cien gramos de embutido y pan”.


Otras anotaciones de su diario mezclan lo gótico con lo común:

“Esta mañana recibí una noticia muy agradable de mi abogado (…) que me divorcié de mi esposa el primer día de este mes. ¡Vuelvo a ver olores, una cortina negra se retira de mi vida! Más tarde, presente como médico en el castigo físico a ocho prisioneros y una ejecución con fusilamiento de pequeño calibre. Conseguí jabón en escamas y dos pastillas de jabón. Al atardecer, presente en una Sonderaktion.


“Esta tarde, a plena luz del sol, escuché un concierto de la banda de prisioneros. Director de la banda: el director de la Warschauer Staatsoopera. Ochenta músicos. En el almuerzo nos sirvieron oporto; para cenar, tenca al horno. Anoche, presente en la sexta y séptima Sonderaktion (…) A las 20.00, cena con el Obergruppenführer Pohl, un verdadero banquete. Nos sirvieron lucio al horno, a discreción, buen café, excelente cerveza y panecillos. Hoy preparamos material vivo de hígado, bazo y páncreas humano. Luego presente en la novena Sonderaktion (extranjeros y mujeres escuálidas).


“Presente en un castigo y en la ejecución de siete civiles polacos. Presente en un castigo y once ejecuciones. Tomamos material vivo y fresco de hígado, bazo y páncreas, tras una inyección de pilocarpina (un veneno). Inoculación contra la tifoidea; después de eso, al atardecer, fiebre. A pesar de todo, presente en la Sonderaktion durante la noche. 1,600 personas de los Países Bajos. Terrible escena ante el último búnker. Con tiempo húmedo y frío, presente en la undécima Sonderaktion (Países Bajos), el domingo por la mañana. Horrorosas escenas con tres mujeres que nos suplicaron por sus vidas. Después pasamos un buen rato en el club de líderes, invitados por el capitán Wirth. Había vino tinto búlgaro y licor de ciruelas. Luego tomamos material vivo y fresco de hígado, bazo y páncreas a un prisionero judío de dieciocho años, muy atrofiado. Primero le sacamos una foto”.


Rafael Argullol comenta en su ensayo acerca de los símbolos del nazismo:

“Una de las dificultades básicas para la comprensión profunda del nazismo ha sido la utilización frecuente, y desde luego nada neutra, del calificativo ‘inhumano’ para describir su esencia. Casi siempre el uso de este término ha ido acompañado de otro, ‘demoníaco’, que lo reforzaba y complementaba. Pero en los dos casos se recurría a una mentira, o a una hipocresía moral, o a una injustificable complacencia intelectual, puesto que lo más auténticamente monstruoso del nacionalsocialismo estriba en su carácter humano y no, pese a la popularidad de la formulación, en su deuda con el demonio y mucho menos, por supuesto, con un daimon ajeno a la razón.

Periódico nazi publicado por Josef Goebbels

“El nazismo es un fruto terrestre y no infernal; humano y no diabólico; racional, por más que se manifestara finalmente con delirantes irracionalismos. Esto es lo difícil de aceptar y lo imposible de eludir. Las causas últimas de aquella atribución de inhumanidad, que todo parecía explicarlo, son psicológicas y políticas. El exterminio judío supuso un cambio cualitativo en la carga sacrificial que podía atribuirse a una guerra o a una revolución ideológica: tras la Segunda Guerra Mundial, y tras el conocimiento directo del horror de los campos de concentración, se extendió la idea de que el Holocausto era un punto de no retorno en la acción del hombre, un cut de sac de la conciencia humana que, por su manifestación extrema, se insinuaba ya fuera de las tradicionales costumbres destructivas del hombre. En cierto sentido, para salvar la imagen misma de lo humano, se consideró imprescindible expulsar de la humanidad todo aquello que concerniera al nacionalsocialismo.

Kepi de un oficial de las SS

“Hubo, sin embargo, también razones políticas que afectaban a ambos bandos. Desde el lado alemán se agradeció, obviamente, el recurso al poder del demonio, ya que esto ponía a salvo a todos aquellos alemanes que consideraban no haber intimado con el infierno. Para los aliados, desprovistos de tiempo para escarbar en las raíces más hondas de lo que había sucedido, entre otras cosas por el inicio de la Guerra Fría que había de dividirles furiosamente, resultó también un alivio considerar que Hitler y los suyos eran Criaturas del Averno. Lo inhumano servía admirablemente pare evitar una peligrosa investigación en lo humano.

Interior de un vagón de tren donde se transportaba a prisioneros

“Es verdad que hubo innumerables estudios e innumerables condenas alrededor del nacionalsocialismo que concernían tanto a su sangriento presente como a un intelectualmente turbio pasado. No obstante, más allá de los ámbitos académicos, pronto se extendió la creencia de que aquel oscuro remolino que había azotado Europa era, simplemente, el Mal en sí mismo. Esto debilitó la mirada hacia los orígenes del mal tanto en Alemania como, lo que era todavía más decisivo, fuera de las fronteras alemanas. Nadie recordó seriamente que la hoguera que incendió Alemania se había alimentado en leños muy diversos y de muy diversas procedencias. Ya Thomas Mann en su novela Doktor Faustus, contemporánea a la época de deshumanización del nazismo, advirtió del enorme error histórico y político de tal proceso.


“Como producto extrahumano e infernal, el nacionalsocialismo se convirtió en un tabú, contra el que se podía hablar pero con el que se debía extremar la prudencia al ahondar en su genealogía. Conjurado el diablo era mejor no penetrar en sus artes, no fuera que en la tiniebla se descubrieran complejidades y complicidades que se extendían por inesperadas regiones de la civilización occidental. Con el paso del tiempo, el nazismo tiene un aura maldita de la que casi todos ignoran el origen.

Letrero nazi: “Este pueblo está libre de judíos”

“El nacionalsocialismo, aunque a muchos les cueste aceptarlo, es una obra del hombre que como tal debe ser analizada sin echar mano de instancias sobrenaturales. Bajo su piel aparecen entrañas y vísceras formando parte de un organismo que, si bien se apoderó de una Alemania enloquecida, también encontró favorables afinidades en el resto de Europa y América. Los mitos y los símbolos son la sangre que alimenta todo cuerpo social. También en el caso del nazismo. Es importante asomarse a él para reconocer, sin filisteísmo ni renuncias intelectuales, los precipicios del horror. Para no reincidir en la caída no basta con condenar. Lo valiente es comprender”.

La Cabeza de la Muerte: insignia de las SS

Un hombre que sería colega de Josef Mengele en Auschwitz proporcionó a Kremer un rótulo adecuado para el campamento. En su Diario una anotación reveladora:

“Esta tarde, presente en una Sonderaktion en el campamento de concentración femenino. Lo más horrible de todos los horrores. El capitán Tilo, médico de las tropas, tenía razón cuando me dijo, esta mañana, que estamos en el anus mundi: el ano del mundo”.

Cabezas cortadas y apiladas de prisioneros judíos

Más adelante, un coronel de la Wehrmacht que visitó Auschwitz ofreció otro punto de vista sobre la posible reacción del mundo. “Después de todo lo que ha pasado en Auschwitz, a las SS les conviene ganar la guerra cuanto antes. Pues si Alemania pierde, podemos estar seguros de que, después de todo lo ocurrido en Auschwitz, ningún alemán quedaría con vida”. Su error consistió en pensar que la pasión justiciera de los vencedores contra los responsables duraría mucho más que las brasas de la última víctima en los crematorios.

Fue en septiembre de 1942 cuando el doctor Kremer describió a Auschwitz como anus mundi. Algunos meses después, cuando el doctor Josef Mengele cruzó con su automóvil la puerta que lucía el cartel “El trabajo os hará libres”, Auschwitz comenzaba una época aún más terrible, en la que Mengele desempeñaría un papel fundamental.

Actual letrero en la entrada al Museo del Holocausto en Auschwitz

Placa conmemorativa a la salida de Auschwitz

Se sugiere leer a continuación la entrada Josef Mengele: El Ángel de la Muerte, en este mismo website.